
La Virgen de Setefilla: luz de una devoción que se hace palabra
Hay momentos en la vida de un pueblo en los que la fe deja de ser únicamente una vivencia íntima para convertirse en una expresión colectiva de amor, esperanza y gratitud. La novena en honor de la Virgen de Setefilla es, sin duda, uno de esos momentos. Durante estos días, la devoción de generaciones se hace oración, canto, silencio y encuentro, y la Iglesia se convierte en el hogar espiritual de quienes acuden ante la Madre para confiarle sus alegrías, sus preocupaciones y sus esperanzas.
En este marco adquiere un significado especial la homilía pronunciada por nuestro predicador, D. Borja Medina Gil Delgado. Una buena homilía no consiste solamente en palabras hermosas ni en una exposición brillante. Es, ante todo, una palabra que nace de la fe y que busca llegar al corazón de quienes la escuchan. Es una palabra capaz de iluminar la vida cotidiana desde el Evangelio, de despertar sentimientos dormidos y de recordarnos que la fe cristiana no es una tradición vacía, sino un camino vivo de encuentro con Dios.
La predicación de D. Borja durante esta novena tiene precisamente esa virtud: acercarnos a la Virgen de Setefilla sin convertir su figura en una imagen distante, sino presentándola como Madre cercana, modelo de vida cristiana y compañera en nuestro caminar. Sus palabras nos ayudan a contemplar a María no solamente desde la emoción legítima de una devoción profundamente arraigada, sino también desde aquello que la Virgen nos enseña con su propia vida.
Porque María es, ante todo, la mujer de la fe. Cuando todo parecía incierto, supo confiar en Dios. Su vida estuvo marcada por un «sí» generoso, pronunciado con humildad y sostenido hasta las últimas consecuencias. Mirar a la Virgen de Setefilla es recordar que también nosotros estamos llamados a confiar, incluso cuando no comprendemos plenamente los caminos por los que Dios nos conduce.
María es también la mujer de la humildad. Nunca buscó protagonismo para sí misma. Su grandeza consiste precisamente en haber sabido ponerse al servicio de Dios y de los demás. En una sociedad que tantas veces invita a buscar reconocimiento y consideración, la Virgen nos enseña el valor de la sencillez, del servicio callado y de la entrega desinteresada.
Es la Madre que acoge. Y esta es quizá una de las razones por las que tantas personas se acercan a Ella con una confianza que no necesita explicaciones. Ante la Virgen de Setefilla se llevan las penas que no sabemos expresar, las enfermedades, las dificultades familiares, los proyectos, las ausencias y también las alegrías. Cada generación ha encontrado en Ella una Madre. Y una madre sabe escuchar incluso aquello que no somos capaces de decir.
Es igualmente la mujer de la esperanza. María conoció la incertidumbre, el dolor y la incomprensión. Conoció también la espada del sufrimiento y permaneció fiel. Por eso su presencia nos recuerda que ninguna dificultad tiene la última palabra cuando se vive desde la confianza en Dios. La Virgen levanta nuestra mirada y nos enseña que, después de la noche, siempre es posible esperar la luz.
Pero María es también la mujer del servicio. Apenas recibe el anuncio del ángel, se pone en camino para ayudar a su prima Isabel. Su fe no permanece encerrada en sí misma: se transforma inmediatamente en entrega. Esta enseñanza conserva hoy toda su fuerza. La verdadera devoción a la Virgen no puede limitarse a venerarla con palabras, imágenes o celebraciones; debe llevarnos a vivir como Ella, atentos a las necesidades de quienes tenemos cerca.
Por eso resulta tan valiosa una homilía que sabe unir devoción y Evangelio, tradición y vida, sentimiento y compromiso. Nuestro predicador consigue que la celebración de la novena no sea solamente un hermoso ejercicio de piedad, sino una oportunidad para preguntarnos qué significa realmente ser cristianos y qué lugar ocupa María en nuestro camino de fe.
Una homilía verdaderamente buena tiene además otra virtud: hace pensar. Nos obliga, con delicadeza, a mirarnos por dentro. Nos recuerda que acudir a la Virgen no debe ser solamente pedir, sino también agradecer; no solamente buscar consuelo, sino también aprender a consolar; no solamente solicitar favores, sino pedir la gracia de convertirnos en mejores personas y mejores cristianos.
Y junto a todo ello está la belleza de la devoción a la Virgen de Setefilla, una devoción que forma parte de la historia y del corazón de tantas familias. En Ella se encuentran las raíces de nuestros mayores, las oraciones de nuestras madres y abuelas, las promesas cumplidas, los momentos de dificultad y las acciones de gracias. La Virgen de Setefilla es memoria viva de un pueblo que ha sabido transmitir la fe de generación en generación.
La novena nos ofrece así la posibilidad de renovar ese vínculo. No se trata únicamente de mirar hacia el pasado, sino de recibir de nuestros antepasados una herencia para hacerla vida en el presente y entregarla enriquecida a quienes vendrán después.
En este sentido, la palabra de nuestro predicador adquiere un especial valor. Una buena predicación es aquella que no termina cuando concluye la celebración. Sus palabras continúan resonando después, acompañándonos en casa, en el trabajo, en la familia y en las circunstancias concretas de cada día. Si una homilía consigue que salgamos de la iglesia con una mirada diferente, con mayor esperanza y con el deseo de acercarnos más a Dios, entonces ha cumplido una de las misiones más hermosas de la predicación.
Y eso es precisamente lo que la Virgen de Setefilla parece pedirnos cuando acudimos ante Ella: que no nos quedemos solamente en la emoción del momento, sino que llevemos su ejemplo a nuestra vida. Que seamos personas de fe como Ella; humildes como Ella; serviciales como Ella; capaces de perdonar, de acoger, de esperar y de amar.
Que María de Setefilla siga siendo para todos nosotros Madre y guía, consuelo en la dificultad, alegría en los momentos felices y refugio en las horas de incertidumbre. Que bajo su mirada encontremos siempre la fuerza para seguir adelante y que su ejemplo nos ayude a acercarnos cada día más a su Hijo.
Y que la palabra de quienes tienen la hermosa misión de anunciar el Evangelio, especialmente cuando es pronunciada con verdad, conocimiento, sensibilidad y amor, siga ayudándonos a descubrir la grandeza de nuestra fe. Una fe que tiene en María uno de sus rostros más hermosos y que encuentra en la Virgen de Setefilla una advocación querida, venerada y profundamente arraigada en el corazón de su pueblo.
Que esta novena sea, por tanto, mucho más que una tradición. Que sea un encuentro renovado con la Madre. Que cada oración sea una entrega, cada canto una alabanza y cada palabra escuchada una invitación a vivir mejor el Evangelio.
Porque la grandeza de la Virgen de Setefilla no está solamente en la belleza con la que la contemplamos, sino, sobre todo, en aquello que despierta en nosotros: fe para creer, humildad para servir, esperanza para seguir caminando y amor para entregarnos a los demás.
Y quizá ahí se encuentre la mejor enseñanza de esta novena: mirar a María para aprender de María y, aprendiendo de Ella, acercarnos cada día un poco más a Cristo.