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Hermandad Mayor de Nuestra Señora de Setefilla


EL EJERCICIO SABATINO

Cada sábado, día que la tradición cristiana ha consagrado de manera especial a la Virgen, los fieles se congregan para elevar sus súplicas, meditar los misterios de la salvación y renovar su confianza en aquella que, permaneciendo firme al pie de la Cruz, sostuvo la esperanza de la Iglesia naciente cuando parecía que toda luz se había extinguido. El sábado, situado entre el dolor del Viernes Santo y el gozo de la Resurrección, se convierte así en el día de la esperanza silenciosa, de la fe perseverante y de la confianza absoluta en las promesas de Dios. María fue la mujer que creyó cuando todos dudaban, la discípula que esperó cuando todo parecía perdido.

El ejercicio sabatino constituye, por ello, mucho más que una sucesión de oraciones piadosas. Es una verdadera catequesis del corazón. En él aprendemos a mirar a María para aprender de ella el modo de escuchar la Palabra de Dios, de acogerla con docilidad y de ponerla en práctica en las circunstancias concretas de nuestra existencia. La Madre del Señor nunca conduce hacia sí misma; toda su misión consiste en señalar a Cristo y repetir, como en las bodas de Caná: «Haced lo que Él os diga».

Esta verdad adquiere una profundidad especial cuando contemplamos a María bajo la venerada advocación de Setefilla. Su presencia secular entre el pueblo ha sido signo permanente de la cercanía maternal de Dios. Son incontables los hombres y mujeres que, en momentos de alegría o de sufrimiento, han elevado su mirada hacia esta imagen bendita buscando consuelo, fortaleza o gratitud. La historia de una devoción auténtica no se escribe únicamente en los archivos o en las crónicas; se escribe, sobre todo, en la intimidad de las conciencias, allí donde la gracia de Dios transforma el corazón humano.

La devoción a María Santísima de Setefilla ha sabido mantener un equilibrio admirable entre la belleza de las manifestaciones externas y la profundidad de la vida interior. Las peregrinaciones, las romerías, las celebraciones litúrgicas y los ejercicios devocionales encuentran su verdadero sentido cuando conducen al encuentro con Jesucristo y suscitan un renovado compromiso de vida cristiana. La piedad popular, tan apreciada por el Magisterio de la Iglesia, constituye un verdadero tesoro espiritual cuando permanece unida a la fe de la Iglesia, alimentada por la Palabra de Dios y los sacramentos.

El ejercicio sabatino participa plenamente de esta riqueza espiritual. En una sociedad marcada con frecuencia por la prisa, el ruido y la dispersión, detenerse cada semana para contemplar a la Madre de Dios supone recuperar el sentido del silencio, de la oración y de la interioridad. María enseña a guardar las cosas en el corazón, a discernir la voluntad del Señor y a descubrir que la verdadera grandeza del cristiano consiste en dejar actuar a Dios en su propia vida.

No es casual que tantas generaciones hayan transmitido esta práctica con verdadero cariño filial. Los mayores enseñaron a los más jóvenes que acudir a María nunca es un gesto estéril, porque quien se acerca a la Madre encuentra siempre el camino hacia el Hijo. La continuidad de esta tradición constituye una hermosa expresión de la comunión entre generaciones, donde la fe recibida se convierte en herencia viva y fecunda.

Hoy más que nunca necesitamos custodiar estas expresiones de la religiosidad popular. El riesgo de una cultura que margina a Dios puede llevar también a olvidar aquellas prácticas que durante siglos sostuvieron la fe de nuestros pueblos. Sin embargo, cuando el ejercicio sabatino se vive con autenticidad, lejos de representar una costumbre del pasado, manifiesta una sorprendente actualidad. El corazón humano continúa necesitando esperanza, consuelo, reconciliación y sentido. María sigue ofreciendo, con la misma ternura de siempre, el camino seguro hacia Cristo.

La contemplación de María Santísima de Setefilla impulsa además a vivir las virtudes evangélicas. Ella nos invita a crecer en la humildad, en la disponibilidad al querer de Dios, en la fortaleza para afrontar las pruebas y en la caridad hacia los hermanos. Toda verdadera devoción mariana desemboca necesariamente en una vida cristiana más coherente, en una participación más plena en la Eucaristía y en un mayor compromiso con los más pobres y necesitados.

Que el ejercicio sabatino en honor de María Santísima de Setefilla siga siendo, para cuantos participan en él, una fuente inagotable de gracia, un espacio privilegiado para el encuentro con el Señor y un testimonio elocuente de una fe viva que ha sabido atravesar los siglos sin perder su frescura. Bajo el amparo maternal de la Santísima Virgen, aprendamos a caminar con esperanza, fortalecidos por la certeza de que Dios nunca abandona a quienes ponen en Él toda su confianza.

VIVA MARÍA SANTÍSIMA

VIVA EL ORGULLO DE LORA

VIVA LA SERRANITA HERMOSA

VIVA NUESTRA MADRE

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